Periodista

Dígaselo: “yo sí que valgo”

Se miran al espejo, dubitativos, fijándose en los más pequeños de todos los detalles. Reflexionan: “¿sirvo para algo? Tengo una carrera -o formación profesional- y algún que otro curso y/o máster especializado. Pero, ¿sirvo para algo?”. Abajan la mirada y se disponen a iniciar otro día más de trabajo que nada tiene que ver con toda la preparación que cargan a sus espaldas. Hace más de cuatro años que su ilusión para poder trabajar en eso que deseaban se va desvaneciendo al mismo tiempo que aumenta su culpabilidad o falta de autoestima. Desarrollan, sin darse cuenta, un pequeño monstruo llamado depresión que les hará ser inseguros, incluso para decir de qué les gustaría trabajar –a pesar de que en su interior lo saben, o por lo menos lo intuyen-.

Trabajan o siguen estudiando, se dicen a sí mismos “no vales” para eso. ¿Por qué? Porque a pesar de su preparación no encuentran su lugar. Han perdido la sensación de sentirse realizados. Cuando asisten a entrevistas de trabajo se les traban las palabras, les cuesta expresarse con soltura y se preguntan “¿por qué estoy tan nervioso/a?”. Responden, por formación, a la exigencia del puesto. Incluso superan las aptitudes del mismo entrevistador. Pero sienten que no valen para eso a lo que han venido, los intentos fallidos les causan una carga cada día más pesada. El entrevistador no conoce a quien tiene delante, se guía por su aspecto, su currículum y su torpeza –involuntaria- dialéctica. ¿Cómo puede saber que quien tiene delante es un activo, o no, para la empresa? ¿Contratar a una persona de apariencia insegura? ¿Por qué razón? Sale de la entrevista con los ojos llorosos, más triste que hace una hora y se repite: “no sirvo para esto, me equivoqué”.

Querido lector que puede vivir en una situación similar, se lo diré así de claro: “usted sí que vale”. Pero no se lo digo yo, se lo dirá también todo aquel que cuando vea su mirada sienta que le dice “yo sí que valgo”. Pasarán decenas de entrevistas, todavía más decepciones e incluso tirará la toalla. No lo haga, recójala si ya lo hizo en su momento, porque el monstruo del desanimo y de la baja autoestima no hará más que crecer y crecer para al fin apoderarse de usted. No sienta que es un inútil, y todavía menos que todo lo que hizo, y hace, lo es. Las puertas más pequeñas pueden abrir salas muy grandes. Levántese, valórese y diga “yo sí que valgo”. Porque usted lo vale.

 

Publicado en El Periódico

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